top of page

03 · 01 · 2009 Bar I; El Último Trago - ¿Seguro que no quieres otro mini?

  • Foto del escritor: LaNinfaDelAgua
    LaNinfaDelAgua
  • 12 jun
  • 6 min de lectura

Aquella noche de enero hacía un frío capaz de vaciar las calles. Madrid temblaba bajo una fina capa de humedad que se colaba por el cuello del abrigo y se instalaba en los huesos, mientras las luces de Chueca brillaban sobre el asfalto mojado reflejándose en los charcos como pequeñas lunas rotas de colores. David caminaba despacio, torpe, como quien intenta retrasar una decisión que ya ha tomado cuando en realidad llevaba meses pasando por esa zona sin atreverse a actuar. Miraba los bares, observaba a la gente que entraba y salía y seguía caminando como si nada de aquello tuviera que ver con él.


Pero aquella noche fue diferente. Se detuvo frente a una puerta negra sobre la que colgaba un cartel luminoso que parpadeaba con cierta desgana, y desde fuera llegaban fragmentos de música, risas y voces mezcladas que no se distinguían del todo, pero que tenían algo en común: vida y verdad. Había vida al otro lado, y David llevaba demasiado tiempo sintiéndose un espectador de la suya propia. Se quedó unos segundos mirando su reflejo en el cristal, un hombre de treinta y siete años con una alianza en el dedo y una vida construida con la inercia de los años, con el cariño, la costumbre y los silencios, y una pregunta que llevaba demasiado tiempo creciendo por dentro como una grieta imposible de ignorar.

Respiró hondo y empujó la puerta.


El calor del interior lo envolvió de inmediato. El bar olía a cerveza, madera y perfume, a ese tipo de mezcla que no sabes si atrae o repele. La música sonaba lo suficientemente alta como para envolver las conversaciones sin borrarlas del todo, y la iluminación tenue hacía que todo pareciera más cercano, más íntimo. Había gente riendo en las mesas, parejas que hablaban como si no hubiera nada más fuera de ese instante, grupos que se movían entre la barra y la pista improvisada, y David avanzó entre todo aquello con una mezcla de nerviosismo y curiosidad que le resultaba casi infantil, buscando un sitio donde no llamara demasiado la atención.


Pidió un mini de cerveza para calmarse y se apoyó en un rincón de la barra desde donde podía observar sin sentirse observado, o al menos eso creía, hasta que una voz apareció a su lado rompiendo su intento de anonimato con una naturalidad desconcertante. Era un chico de unos treinta años, pelo rizado medio desaliñado, camiseta blanca de algodón pegado que dejaba intuir su cuerpo, bastante fibroso y sobre esta, una chaqueta oscura que parecía de cuero. Tenía una sonrisa tranquila y una mirada sincera, se notaba que se encontraba a gusto.


—Tienes cara de estar pensando demasiado —dijo.


David tardó un segundo en reaccionar, sorprendido de que alguien le hablara como si lo conociera—. ¿Se nota tanto?


—Solo un poco —respondió el chico—. Más bien pareces alguien que no sabe muy bien si debería estar aquí… pero tranqui, será nuestro secreto.


David soltó una risa breve, nerviosa—. Puede ser. — dijo mientras se llevaba la cerveza a la boca agarrando con sus manos temblorosas —.


—Tranquilo —añadió él—. Eso suele significar que has venido por algo que sabes que necesitas.

David dio un largo sorbo y no supo qué contestar porque, de alguna forma, aquello era exactamente lo que le estaba ocurriendo. No sabía exactamente qué buscaba, pero sabía que llevaba demasiado tiempo buscándolo.


—Me llamo Dani —dijo el chico.

—David.


David extendió su mano para saludar, pero de repente se vio envuelto en un cálido abrazo y ese gesto tan sencillo y casi cotidiano, tuvo algo extrañamente tranquilizador. Se sintió en casa.

A partir de ahí la conversación fluyó demasiado bien. Hablaron primero sobre cosas pequeñas, el frío, el barrio, la música, la ciudad, cosas que no parecían importantes pero que poco a poco iban construyendo una confianza entre ambos que cada vez era más palpable. David notó que Dani le escuchaba de una forma distinta, era capaz de mirarle a los ojos todo el tiempo y era como si le diera espacio a cada palabra para existir. Hablaron también de arte, de planes y el tiempo empezó a desdibujarse.


Una hora se convirtió en dos sin que ninguno de los dos lo notara. En algún momento dejaron la barra y acabaron en una mesa pequeña junto a una ventana empañada, desde donde el bar se veía como un organismo vivo que respiraba entre luces cálidas, voces y movimiento constante. David miraba todo aquello con una mezcla de extrañeza y familiaridad que no sabía explicar, como si por fin hubiera entrado en un lugar que siempre había estado cerca pero al que nunca se había permitido llegar.


—Es curioso —dijo al fin, sin apartar la vista de la ventana—. Llevo toda la vida en Madrid y siento que nunca había estado en un sitio así.


Dani apoyó el brazo sobre la mesa y David no pudo evitar fijarse en el tatuaje que llevaba en él:  “Se libre”.


—. A veces no es el sitio —respondió Dani—. A veces somos nosotros los que no estamos preparados para entrar. Quizá te haga falta un empujoncito —sonrió—.


David bajó la mirada porque aquella frase le golpeó más de lo que habría querido admitir y le pareció muy sugerente a la vez. No hablaba solo del bar ni del barrio ni de aquella noche; hablaban de algo más profundo, de algo que llevaba años evitándose a sí mismo. El silencio que siguió fue denso, pero sintió como si por primera vez en su vida no hiciera falta llenarlo.


Pensó en su mujer, en su casa, en la vida que le esperaba fuera de allí, en todas las versiones de sí mismo que había ido dejando atrás sin casi atreverse a mirarlas y se vio frente a ella, y aunque sintió una culpa conocida, esta vez se mezclaba con algo nuevo. ¿Ganas, miedo, verdad?


—¿Puedo preguntarte algo? —dijo David al fin, después de tragar saliva.

—Claro.

—¿Tú cuándo lo supiste?

Dani no dudó—. Siempre lo supe.

David asintió —. Debe de haber sido más fácil.

— ¡No te creas!—dijo Dani—. Saber quién eres no te evita el conflicto. Solo te evita pelear contigo mismo durante tanto tiempo. Digamos que me evité unos cuantos KO.


David dejó escapar una exhalación lenta que acabó en carcajadas. Aquello le resultaba dolorosamente familiar pero a la vez el sentirse tan comprendido le hizo darle la vuelta a todo y reírse de sí mismo por haber esperado tanto. No sabía cuándo había empezado todo, ni cuándo aquella curiosidad se había convertido en algo más constante, ni cuándo había dejado de ser algo que podía ignorar sin volverse loco, pero sí sabía que llevaba demasiado tiempo fingiendo ser alguien que no era.


—Creo que llevo años intentando convencerme de algo que nunca he terminado de creer —dijo finalmente.

Dani no respondió, pero le miró a los ojos y no hizo falta.



La noche siguió avanzando y el bar fue cambiando poco a poco. Las mesas se vaciaban, las voces se volvían más suaves, la música más lenta, y el ambiente se recogía sobre sí mismo como si el lugar estuviera despidiéndose de lo que había sido durante horas. David ya no estaba nervioso; ahora sentía una tensión suave que se apoderaba de su estómago. Sus manos, cada vez estaban más cerca, casi se rozaban, las miradas habían pasado de los ojos a la boca, haciendo que cada vez tuviese más sed, mucha más sed de él.


Quedaban ya cuatro gatos y ellos seguían en su pequeña mesa cuando Dani se puso de pie y propuso un brindis. — ¡Por la vida! — brindaron pero no se sentaron. Dani levantó la mano lentamente y le apartó un mechón de pelo de la frente mientras se acercaba a su boca. David no pudo hacer otra cosa que quedarse ahí.

Cuando se separaron, ninguno habló. El bar seguía exactamente igual, la música seguía sonando, la gente seguía riendo, pero para David todo parecía distinto, como si el mundo hubiera cambiado de posición, como si por fin hubiera descubierto quién era.



Dani lo miró con una sonrisa y apoyó el vaso vacío sobre la mesa, lo observó un segundo y, sin apartar la vista de él, dejó caer la pregunta como si fuera lo más natural del mundo:


—¿Seguro que no quieres otro mini?


Comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
bottom of page